¿Qué es el hombre? Un intento absurdo de resumir su complejidad humana en menos de un libro

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¿Qué es el hombre?, Foto: pixabay.com

¿Qué es el hombre? se considera como siendo la pregunta esencial que cualquier ser humano se la dirige a sí mismo, en algún momento, durante su vida. Pero ¿cuántos de nosotros pueden ofrecer una respuesta exacta y compleja sobre lo que representa el hombre­?

¿Podría alguien acaso, alguna vez, decir que sabe una respuesta universalmente válida, reconocida a nivel mundial y aceptada como siendo la única, pero la única respuesta correcta? ¿Podría hacerse en un determinado momento una guía de uso? ¿Podrían acaso alguna vez los hombres llegar al mundo con una serie de instrucciones? ¡Imposible! O, a lo mejor… ¿quién sabe?

Tal y como no estamos seguros y no podríamos contestar de una manera sostenida por argumentos concretos a estos sustratos de la pregunta “¿Qué es el hombre?”, de la misma manera, no podemos contestar con algo universalmente válido a la pregunta en si.

Trataremos, dentro de lo que sigue, ofrecer algunos aspectos de la respuesta, que podrían producir una larga serie de libros, con las que pudiéramos rellenar una sección de cada biblioteca del mundo.

El hombre es lo que es o lo que logra ser durante el número de años que le es atribuido en esta vida terrestre, pasajera, pero tan intensa y bella, si él la sabe vivir. El hombre es el pensamiento y el hecho, es el que hace y deshace, es el Dios del mundo en la que le ha tocado existir y al mismo tiempo, la creación de otro Dios, de un Dios, de un Buda, de un Alá, o como se llamara lo que se considera siendo el creador de la humanidad.

“El hombre es lo que logra entender” es una concepción que lo puede definir de cierta manera, teniendo en cuenta que, en la falta de poder entender algunos hechos, fenómenos, pensamientos, el hombre no puede alcanzar y desarrollar sus capacidades y su esencia espiritual e intelectual en su plenitud.

Por ejemplo, los hombres que no entienden y no aceptan la comunidad LGBT+ son personas que se niegan a adaptarse al mundo en el que vivimos hoy, un mundo que aspira a una libertad total, que incluya hasta el escogimiento de la pareja de vida, en la ausencia de algunas limitaciones impuestas, de tipo “Una mujer se puede casar solo con un hombre”.

La libertad total, plena, sueña con la implementación de un eslogan más generalista y abierto a la diversidad, de tipo:

Una persona, independientemente de su sexo, puede casarse con cualquier persona que la haga feliz.

Existe una creencia que viene del aria cultural asiático, orientada hacia la dimensión espiritual del individuo, según la que en cualquier persona viven dos lobos: uno blanco y uno negro, yin y yang. Cada persona decide a cuál de los dos lobos hay que alimentar más, durante su vida, convirtiéndose de este modo en el resultado de la manifestación del lobo que haya “comido” más.

Analizando un poco esta leyenda, nos damos cuenta que su significado es que el hombre viene al mundo con posibilidades iguales de convertirse en una representación del bien, del éxito, del superarse a sí mismo, de lo que es beneficioso y admirable y de convertirse en una personificación del mal, del fracaso, del regreso y de lo que es perjudicial para la sociedad a la que pertenece.

Sabemos además sobre el hombre que es un adicto involuntario y no, no a las drogas, al alcohol o a cualquier otra cosa de esta categoría de adicciones, que representan, por lo menos al principio, una elección, sino un adicto involuntario a la sociedad, a la pertenencia a un grupo. La familia, el grupo de amigos, los grupos escolares, las clases sociales, todo lo que supone una jerarquización en niveles y una repartición en grupos de la raza humana es el reflejo del deseo de luchar con la soledad.

El hombre no es y nunca será perfecto, por lo tanto, la soledad amenaza su buen funcionamiento y evolución.

El hombre se aferra a otros hombres en su camino por la vida, esforzándose a lo máximo para evitar la posibilidad de subsistencia solitaria, que nos asusta a cada uno de nosotros, aunque muchos no lo reconocemos o preferimos creer que la soledad no es la clave para la destrucción humana. Por supuesto que, siendo hombres, cada quien cree lo que quiere, teniendo la posibilidad de manifestar su libertad absoluta en sus pensamientos y sus sentimientos, pero la soledad, independientemente en cuya vida se instala, daña.

Hay que pensarlo lógicamente: la libertad es todo lo que el hombre ha perseguido a través de los siglos y, aun así, ¿Si hubiera existido un solo hombre en todo el planeta, la hubiera seguido deseando? ¿O, aun hubiera existido el concepto en sí en la ausencia de una entera especie?

¿Si un solo hombre hubiera vivido en nuestro planeta, teniendo el poder de pensar que tiene cualquiera de nosotros, qué pensáis que hubiera pedido si hubiera tenido derecho a un único deseo que se le iba a cumplir? ¿Dinero? ¿Fama? ¿Una profesión?

Creo firmemente que la respuesta hubiera sido un compañero, fuera él amigo, enemigo, novio, hermano, hijo, padre o un total desconocido.

El hombre es una acumulación de aptitudes, manifestaciones, gestos, palabras, pensamientos… El hombre es un poco de todo, es un mecanismo complejo cuyo funcionamiento no sigue un patrón fijo, sino que es distinto en cada individuo. El hombre es la llave para la culminación de la creación divina, el mundo, y al mismo tiempo, la llave para su destrucción; el hombre es el más grande admirador y el más grande de sus dañadores.

Podemos tomar como ejemplo el caso de la polución. Muchos se preocupan y buscan soluciones para impedir la transformación de la Terra en un basurero de la galaxia, mientras que muchos otros siguen tirando la basura por donde les dé la gana, siguen vertiendo los residuos en el agua, siguen emitiendo gases y distintos productos químicos en la atmosfera, provocando de esta manera la aceleración del proceso de autodestrucción empezado desde hace mucho en nuestro planeta.

El hombre es interés y desinterés, es amor y desprecio, es integración y rechazo, es una eterna sucesión de rasgos duales y no solamente esto, que no puede ser descrito y expresado a través de un determinado número de palabras. El hombre ha sido algo, se ha convertido en otra cosa y se convertirá de nuevo en otra cosa, con el paso de los años. Las generaciones que ya no se entienden entre ellas, en la plenitud de la palabra, atestiguan una continua evolución de la raza humana de un año a otro, de un siglo a otro, de un evento a otro.

Nadie es igual a nadie, aunque muchos nos parezcamos entre nosotros. Nadie piensa igual que el otro, aunque compartamos las mismas ideas con amigos, con la familia, entre otros, sobre ciertos temas. Nadie puede conocer y definir a la perfección a nadie, porque la complejidad que cada uno tiene representa una matriz única, que, a lo largo de su existencia, ni el mismo poseedor llega a conocer hasta los más mínimos detalles.

Cada quien llega a conocer lo que es hasta al punto que le permita su vida, así que ¿Cómo podría alguien crear una descripción y una exposición perfecta del hombre, como generalidad, cuando ninguno de nosotros logra conocerse a sí mismo?

La regla generalmente valida en este caso es simple: “no puedes hablar sobre lo que no conoces”, aunque en la sucesión anterior de ideas hemos tratado de crear una breve, pero breve, presentación de los aspectos más sobresalientes que forman parte de los rasgos del complicado concepto de ser humano.

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